Los profetas fueron unos Golfos

Al principio todo era caos y un día empezó a llover. Hoy por hoy, las tres principales religiones monoteístas — que muy en el fondo son la misma saga con distintos guionistas — te cuentan que Noé construyó una chalupa y salió a navegar, sobrevivió al diluvio y de aquel reinicio definitivo nació el pueblo elegido por Dios que, casualmente, les regaló la Creciente Fértil. Para ellos solitos. Cada religión, en fin, barre para casa. Los agradables hebreos tuvieron que defender su terrón bien abonado prometido por Yahvé de los malvados egipcios, los malvados babilonios o los malvados árabes. Los islámicos dijeron que no, que Noé (Nuh) después del diluvio había ido al registro civil a ponerlo a nombre de Mahoma por mandato de Alá. Los cristianos más de lo mismo pero con precuela, en versión extendida y con comentarios del director. El caso es que a ninguno le tocó heredar el solar en, yo que sé, los Monegros o al norte de los Urales. Les cuadró justo — y por derecho divino, no por capricho, recuerdo — donde estalló la agricultura y la ganadería, donde crecían trigo, legumbres y cebada y había vacas, caballos y cerdos. 

Si uno se echa hacia atrás, descubrirá que los relatos de diluvios empezaron con los sumerios. Ziusudra (Utnapishtim en Babilonia y Atrahasis en Acadia) ya había construido un yate de dimensiones parecidas, lanzado una paloma que no volvió, aparcado en doble fila en la cima de un monte y toda la parafernalia. Unos mil o mil quinientos años antes ya existían héroes, con nombres que suenan a lo que se oye cuando alguien se cae por las escaleras, que vivían en un lugar cerca o dentro de la misma región (donde esos pueblos habitaban al momento de contar mitos del pasado), a los que sus dioses castigaban con un tren de borrascas para exterminarlos, dejándolos como elegidos de repoblar la humanidad y, en concreto, ir bajando desde el norte, generalmente Armenia o Kurdistán, hasta la medialuna fértil de Mesopotamia. Casualmente, estos pueblos tendían a venir, generaciones antes, de lo que fue la cuenca que al entrar el Mediterráneo por el Bósforo se inundó y formó el Mar Negro. Un diluvio en toda regla. Y fueron a desembocar entre el Tigris y el Éufrates, que de vez en cuando también se desbordaban. Pero nosotros hoy vamos a pensar que es casualidad que pueblos rebotados del norte por la inundación del Mar Negro cuando empezaba a haber lengua construyeran relatos sagrados sobre inundaciones y elecciones divinas y terminasen como sumerios en una zona situada entre dos caudalosos e imprevisibles ríos contándole la historia a unos hebreos que después fueron judíos y le cambiaron el nombre a uno más pronunciable del que se adueñaron cristianos y musulmanes para justificar que esa zona en la que crecían tan bien los cereales era suya. 

Y así siguió la cosa siglos y siglos: jardines del Edén, migraciones casi seguramente inventadas por el desierto, ascensiones al cielo del tal Mahoma convenientemente en Jerusalén... Luego llegó Europa (Europa, Europa), que es cojonuda y como Europa no hay ninguna, con su progreso, sus leyes, colonialismo, oro y especias y nos olvidamos del tema. Hasta que en el XIX un fulano en Pensilvania descubrió cómo extraer petróleo, aparecieron las mayores reservas del mundo en —oh, prodigio— la Cuenca Fértil (extremo pérsico) y entonces judíos, árabes y cristianos, cuyas promesas divinas llevaban tiempo cogiendo polvo y cuya agricultura había perdido algo de importancia y ya ni sabían bien por qué se acribillaban a tiros en Tierra Santa, se acordaron de lo del diluvio y de Noé y de Abraham y de Mahoma y de la madre que los parió a todos y retomaron la cantinela de que el Golfo (ya no era tanto Mesopotamia, que ahí no había tantísimo crudo pero seguía siendo clave por las rutas comerciales) nos lo prometió Dios, Alá, Yahvé, Diego Armando Maradona o la deidad de turno, y volvieron de nuevo a coserse, esta vez, a misilazos, por el Santo Subsuelo.

Y esta cuestión, en definitiva, viene a lo que viene: todas las guerras son santas o de honor hasta que dejan de serlo y el mito, si no se lee lo suficiente, es muchas veces combustible (¿captan el sutil juego de palabras?) más que suficiente para morir por causas que, si bien pueden llegar a ser coherentes para la supervivencia o crecimiento de un pueblo, no son reales para consigo mismas. Tal vez Troya ardiera menos por Helena que por la ubicación de Ilión en la boca de los Dardanelos. Puede que Jerusalén fuese durante siglos menos significativa por sus iglesias o sus mezquitas que por su tierra o por ser enclave en rutas comerciales. El caso es que ocho mil años después continúa la Guerra del Golfo y todavía no sabemos quién coño es el golfo. Si es el Ayatollah, Netanyahu, los talibanes, o Hizbulá. Aunque yo me inclino por el tal Utnapishtim, que no tenía licencia de navegación, o por el imbécil que le prometió algo a Abraham. 

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