Aimar Infante: otra ronda
Tac, tac, tac. La última gota había resonado con un zumbido metálico. Setenta, llegó a contar. El chaparrón, que durante toda la noche había caído con furia, llevaba ya calmado alrededor de quince minutos convertido en una fina llovizna. Sentado de codos con la quijada entre las manos en la mesa que alguna vez fue de comedor, Aimar Infante miraba una muesca en la madera de nogal mientras escuchaba el repiqueteo del agua en la ventana. Era un ejercicio que se había asentado hacía poco en su vida y que empleaba cuando los pensamientos indebidos se le agolpaban. Si llevaba más de dos horas siendo una frente ensombrecida paseando por el piso como un perro perdido, se sentaba a la mesa y mataba quince o veinte minutos atendiendo a algún sonido en concreto y vagando por las marcas de la mesa, la pared o el techo. Era, en fin, una de las tantas maniobras de supervivencia a las que se había acostumbrado.
Año y medio después de perderla –más, pero no se atrevía a contar los meses exactos– la existencia de Aimar Infante era una continua cadena de acciones destinadas a llegar al día siguiente, a la semana siguiente, al mes siguiente. Desde entonces, había pasado por la vida como quien pasa por una plaza abarrotada de gente; como un día de tormenta sin lugar bajo el que cubrirse. Tenía el corazón y la cabeza llenos de migas, de restos de otras cosas de los que se iba alimentando. Y gracias a ello era todavía persona: seguía saliendo a la calle o a la terraza cuando aparecían rayos de sol y aún trasnochaba, de vez en cuando, buscando quién sabe qué en el cielo de la calle. Además había aprendido, no sin esfuerzo, a dormir de nuevo conviviendo con el ruido de su propia cabeza. No dormía bien, pero dormía. Y a veces, incluso, soñaba.
Sacó la cajeta del bolsillo y encendió lentamente un cigarrillo. Fumaba menos y bebía menos porque, como había escrito hacía un tiempo para uno de los periódicos que le tenían a sueldo, los anestésicos poco a poco van dejando de tener efecto y hay que dejarlos descansar un tiempo. Sobre la repisa, junto a la ventana, seguía la fotografía. No la había cambiado de sitio, pero el tiempo se había ido posando en el marco con una paciencia que le resultaba casi agónica. Siempre se sorprendía de lo preciosa que salía Marga en esa imagen pese a que ya la conocía, el rostro siempre a medias, escondido por pura timidez, desvanecido ahora como la imagen de un fantasma por una fina capa de polvo. Como la imagen de un fantasma, repitió en voz alta. Ya no la giraba boca abajo para que no le viese fumar o beber, porque había empezado a asimilar que no le estaba observando. También, desde que se había percatado de que sus pupilas parecían atravesarle como un cristal y observar dentro de él, evitaba la miraba de frente durante más de unos segundos. Era otra de esas treguas tácitas que había aprendido a firmar consigo mismo. Y a veces la nombraba en voz alta o la recordaba, fingiendo que había pasado página, de la misma forma que se hace con una ciudad en la que ya no se vive. Qué estará haciendo, se preguntó.
Alargó el brazo para recoger el fajo de cartas que había dejado en la mesa por la mañana con el fin de revisar si se le había pasado algo. Entre facturas y pagos de escritos pendientes encontró una sobre con buena letra itálica. A. Dudó un segundo. No recordaba si la había contestado ya. Le pasaba a menudo desde hacía unos meses. Había leído que la depresión producía pérdidas de memoria. Menuda gilipollez, pensó, decir que estoy deprimido por no recordar dónde coño he metido las llaves. La guardó entre los dedos, como si pesara poco, y trató de acordarse. Vivía en el sur, en una ciudad que le traía recuerdos que, de bellos, sentía como puñaladas en el contorno del pecho. Aurora. Se habían escrito sin grandes pretensiones, hablando de cosas pequeñas, de libros a medias, de bares cerrados y de tardes demasiado largas. Aquellas cartas le ponían contento durante un rato, lo justo para que el día tuviera una forma más amable antes de volver a deshacerse. Sonrió apenas, con el cigarro colgándole de los labios.
Devolvió su pensamiento a la mesa, desparramándolo, y pasó el dedo por la muesca de la madera. Afuera, la lluvia había cesado del todo. Pensó que había habido momentos —pocos, breves— en los que había sentido algo parecido a la alegría. Una luz mortecina, tenue, siempre atravesada por la ausencia de Marga que procuraba apagarlo del todo sin llegar, ni una ni otra, ni luz ni ausencia, a desaparecer completamente. La garganta ahogada de la cafetera al fuego deshizo el silencio en el piso de Aimar Infante. Al levantarse miró el calendario sin detenerse demasiado. Ya lo sabía: hoy era el día. Parece que va a llover de nuevo, dijo en un susurro. Y recordó a Marga riéndose bajo el aguacero el día que se conocieron, en esa misma fecha que aparecía en el calendario de la cocina. Cuando aún no sabía que algunas fechas se quedarían marcadas para siempre. Qué estará haciendo Marga. Qué coño estará haciendo. Y volvió a sentarse a la mesa a contar gotas de agua. Le pareció que se había quedado en setenta.


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