Me reconocen por la napia
Me decía Elbo que la IA es capaz de reconocer mis textos. Pues bien, me cago en la puta IA, puta merienda ya.
Haré un relato a gusto de Iván Garnill, (no gramaticalmente, si no por contenido). Es un domingo nublado de febrero, que no dista mucho de cualquier otro domingo en el pueblo: del Mercadona a la Iglesia vieja cuatro transeuntes. Una señora que se le cayeron tres cosas en treinta segundos, con un perro; un tipo con pinta de yonki, y, dos sujetos más con filia a las sustancias, además de Gregorio y yo. Subir por la calle real me hizo recordar el bar de encima de la farmacia, una tasca estrecha, de las antiguas, y, todo ello, en lo que fue Marín y ya no es. En la cantidad de bares cerrados, en que hubo cine, un centro comercial de galerías, bolera y ambiente de disfrute. Decía Don David que al llegar hace 10 años le avisaron de la tontería de Pontevedra, y cuanta razón tenían. No vivimos sin ir a Vigo, Pontevedra, el Medusa Fest o Madrid a ver los boletos de doña Manolita.
Sin dejar el tema, tuve esta semana una charla de "Son de Vigo" jugando con la polisémica de la palabra, dos chicos hablaban de la música viguesa y de la ciudad en general. A pesar de ser un libro enfocado en el siglo XXI surgió el tema de "la movida" y lo que eso supuso, cosas, que me dió pena no vivir, como la música en directo y vivir la noche sin whatsapp ni reguetón; y otras que no tanto, como el descontrol de las drogas.
Aún con la suerte de que Marín no es un pueblo de 2000 habitantes en verano de Castilla la Mancha, se echa de menos el ser de un sitio hasta perecer, de conocer a tus vecinos desde los 4 años hasta los 85, cuando asistas a su funeral, y vivir en tu pueblo sin "la tontería de Pontevedra"



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