Palabras, más o menos.

                                 "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán."

Imitar a Cristo es en parte aprender a tratar a la frustración de tú, y es que por mucho que lo intentemos, jamás seremos capaces de alcanzar la perfección. Esta idea, que lejos de ser algo nuevo puede encontrarse en el imaginario colectivo de los niños de 10 años, es tan obvia que pasa inadvertida y termina profundamente interiorizada. Me levanto cada mañana como si pudiera tocar la perfección con la misma facilidad con la que toco el despertador para posponerlo diez minutos. Me acuesto cada noche como si pudiera tocar la perfección con la misma dificultad con la que soy honesto conmigo mismo.

No comienzo el artículo hablando de Cristo por casualidad, de hecho comienzo el artículo hablando de Cristo con dudas de que mi capacidad para expresar pueda cohesionar tanta intención. Si el catolicismo ha podido expandirse desde Judea por el mundo entero ha sido precisamente por la palabra, la transmisión de esta a través de los apóstoles y fieles ha sido fundamental para que la Iglesia siga aumentando el número de creyentes dos mil años después. Pero lo realmente fundamental no es la transmisión de la palabra sino la palabra en sí misma. José Carlos González Hurtado dice una frase que se me queda grabada y es que Dios no puede mentir por definición. Dos mil años desde Cristo han pasado, pero sus palabras no han pasado. Y es que de haber pasado sus palabras, toda esta historia formaría parte de la mitología. Ahí reside el valor, en que se ha cumplido no solo lo que Él ha dicho que se iba a cumplir, sino lo que otros anteriores a Él profetizaron. Desde resucitar a los tres días como Él dijo hasta morir crucificado como profetizó el rey David antes de que existiera la propia crucifixión. Cumplir con tu palabra es lo que le da a tu palabra valor, y es ese valor el que la hace perdurar.

Yo que toco el despertador para posponerlo diez minutos no pretendo ser Cristo, sería estúpido ni siquiera imaginarlo, pero de la misma forma que el Verbo era Dios, la palabra de uno es en gran parte uno. Los diez minutos postergados equivalen a una devaluación de esa palabra y por tanto a una devaluación de uno mismo.

Mi mayor defecto es la soberbia; en muchas ocasiones me encuentro reflexionando sobre mis acciones, evaluando qué es lo que he hecho bien y qué es lo que he hecho mal, qué camino seguir, qué cosas cambiar. Estas reflexiones son subjetivas por definición, no puedo analizarme a mí mismo como si fuera un ente externo y no yo mismo. Para reflexionar sobre mí muchas veces realizo comparaciones entre mí mismo y otras personas, a veces conocidas y próximas y otras veces desconocidas y faranduleras. Cuando la soberbia toma el timón de mis divagaciones, el puerto al que llegamos es siempre el mismo, atracando el barco en mi superioridad. Ruin pirata la soberbia. En muchas ocasiones he tratado de averiguar qué se encuentra detrás del parche en el ojo del peor de los pecados y, si bien aún no he conseguido observarlo en plenitud, la soberbia se presenta como el miedo a que la persona que eres realmente dista mucho de la idea que tienes sobre tu propia persona. Y en esa distancia se encuentra el valor de la palabra, cuanto mayor valor tiene la palabra menor es la distancia entre la idea de uno mismo y su verdadero ser.

Cuando realizo estas comparaciones, en ocasiones logro burlarme del motín de la soberbia y volver al timón de mi barco, pero una vez en él, en vez de gritar «izad las velas», mi pecho se llena de aire para pronunciar la palabra «hipócrita». ¿Cuántas veces he prometido levantarme pronto y no lo he hecho? ¿Cuántas veces me he propuesto escribir un artículo semanal y no he puesto ni tres letras una detrás de la otra? ¿Cuántas veces me he propuesto ponerme a estudiar una serie de áreas de las cuales sé lo mismo hoy que hace seis meses? ¿Cuántas veces me he propuesto definir y he convertido mis cenas en atracones? ¿Cuántas veces he dicho que tengo que centrarme en las relaciones personales y he deseado que un conocido no me vea para no pararme a hablar? ¿Qué ausencia de autoestima llena la soberbia de un hombre que se cree disciplinado y no se despierta, que se ve honesto pero tiene miedo a leer lo que puede llegar a escribir? ¿Qué ausencia de autoestima llena la soberbia de un hombre que quiere construir una intelectualidad y no se dedica a absorber conocimiento, que quiere estar afilado y no controla lo que se mete en la boca y que dice ser católico y no sabe ni amar?

Tratar a la frustración de tú también significa saber que las situaciones frustrantes pueden ir a mejor. De la misma forma que la palabra se devalúa cuando uno miente o no cumple con lo que dice, esta también se puede revalorizar. La revalorización de la palabra actúa de la misma forma que lo puede hacer la cotización de una acción en la bolsa. Pongamos que la empresa X tiene el uno de enero un valor de cien dólares y que el día 1 de junio esa misma acción ha pasado a tener un valor de cincuenta dólares, pasando a cotizar un 50 % menos. Para que esta acción vuelva a cotizar a los cien dólares iniciales, esta acción debe aumentar su cotización en un 100 % desde el valor del 1 de junio. Revalorizar la palabra cuesta mucho más que devaluarla. Para revalorizar la palabra y poder cerrar la brecha por la que la soberbia se cuela a dormir, es necesario también un arduo y tenaz trabajo. Este artículo es el primer 0,1 % en la revalorización de mi palabra, para poder lograr que el límite entre yo mismo y mi idea de mí mismo tienda a cero. Palabras que sean más que menos.




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